¿Cuántas contraseñas tiene? ¿Las recuerda? ¿Cumplen los mínimos de seguridad? ¿Tienen más de 10 caracteres, entre mayúsculas, minúsculas, números y otros símbolos? ¿Cuándo fue la última vez que las cambió? ¿Ha revisado recientemente si alguna de las cuentas que protegen se ha visto vulnerada? Si con el mero repaso mental de estas cuestiones le invade una flojera monumental, su trastorno tiene nombre: ciberfatiga o fatiga por ciberseguridad.
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