Internet es una infraestructura esencial en nuestras vidas que permite al mundo entero estar conectado, desde algo tan simple como consultar la actualidad hasta la gestión de edificios, ciudades, coches o cualquier otro dispositivo inteligente que puede ser administrado desde la otra punta del globo. Su imparable evolución es al mismo tiempo un arma de doble filo, pues si bien puede hacernos la vida más fácil, también nos convierte en dependientes de una infraestructura digital y nos expone a unos riesgos que son, en muchas ocasiones, desconocidos para muchos de los usuarios, incluidas las empresas.
En los últimos meses los ciberataques están a la orden del día en las noticias, como los ocurridos recientemente en el SEPE, en el oleoducto de Estados Unidos o el que ha sufrido el sistema sanitario irlandés este mismo fin de semana. Pero por desgracia, esto es solo la punta del iceberg. Los ciberataques que salen habitualmente a la luz, lo hacen sencillamente porque no les queda más remedio. Muchos de ellos están basados en programas ransomware: los atacantes logran acceder a una organización y cifran sus sistemas, secuestrando sus datos para pedir un rescate. Esta situación suele llegar a la prensa por la inhabilitación de los empleados para seguir trabajando y por la parálisis general que provoca en la entidad.
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